La Argentina que se lleva dentro

Por Juliana Fontalva
December 20, 2022
Cristina Piffer "Patria", 2011
Cristina Piffer "Patria", 2011

 

            Hace algunos días, el director técnico de la selección francesa, Dider Deschamps dio una conferencia de prensa en Qatar de cara al partido de la final. Durante el transcurso de las preguntas, un periodista le consultó si creía que la hinchada efusiva de la Argentina generaba algún tipo de presión. Deschamps pensó un segundo y contestó: “Soy consciente que Argentina cuenta con un apoyo gigantesco y es algo valioso. Tendrá una fuerte presencia de hinchas argentinos y otros que simpatizan con el equipo en el estadio y se harán notar. Son pasionales y apoyarán a muerte a su equipo. También son expresivos y cantan mucho. Esto le dará un ambiente festivo a la final del Mundo, pero nuestro rival está en el césped.” Nunca deja de interesarme cuando alguien nos define como pasionales, adjetivo que estoy más acostumbrada a usar para nosotros mismos que a escuchar de la boca de otros. 

            Tal como lo predijo el DT francés durante la final, la cancha tronaba con todo tipo de cantos alentando a la selección de Lionel Messi. En los momentos más duros del partido, cuando la esperanza se perdía, los hinchas, que llevaron bombos pintados, subían el volumen de sus voces, cambiaban sus canciones para adaptarse al momento, como un relator más. Luego de un partido estresante, agotador y lleno de adrenalina, Argentina ganó  y se convirtió en campeón mundial. Los festejos en Buenos Aires eran esperados. Los hinchas saltaban arriba del techo de las estaciones de Metrobus, se colgaban de semáforos y algunos hasta sintieron la necesidad de subirse a la punta del obelisco y colgarse de las ventanas. Una fábrica de tela sobre Lavalle abrió la ventana del primer piso y cortó banderas albicelestes de manera frenética para tirarlas a la gente de fiesta en la calle, mientras abajo las recibían cantando el himno con euforia.

            Los videos y noticias de los festejos alrededor del mundo no tardaron en llegar. En Sídney, un enorme contingente de argentinos tomó La Ópera y el festejo se descontroló a tal punto que la policía fue enviada a pedirles que se retiren. Al canto de “No nos vamos nada, que nos saquen a patadas”, los policías fueron recibidos no con reticencia, sino con  abrazos. Los hinchas argentinos, a los saltos, metieron a los efectivos dentro del pogo, y ellos, luego de unos minutos de confusión, se unieron al festejo. Una periodista argentina  dijo emocionada “sea a donde sea, somos locales”. Esta frase me quedó resonando, y creo que solo tiene sentido para algunas pocas naciones. Por nuestra historia, los argentinos somos conocidos por ser trotamundos y/o expatriados. Expulsados por la economía, por el constante abuso de un sistema de corrupción que no logramos descifrar, muchos deciden ir a “probar suerte” con el pasaporte heredado de aquel abuelo italiano o español que vino al nuevo continente con la misma esperanza con la que ahora se van los jóvenes. 

            Esta explosión de argentinidad de los últimos días me trajo un recuerdo, una historia que recuerdo de vez cuando. El artista brasilero Helio Oiticica (1937-1980) fue uno de los miembros más importantes del movimiento artístico y político llamado Tropicalia (bautizado por el nombre de una de sus obras), y fue reconocido por su lucha por la libertad, por no ser encasillado en tendencias y por su constante rebeldía ante cualquier tipo de opresión, ya a sea artística o política. Sus inicios fueron en 1950, con obras más bien geométricas. Luego, para 1960, comenzó con una serie llamada Bolides, en donde estas formas geométricas cobran tridimensionalidad con elementos apropiados de favelas. La inspiración arquitectónica es evidente, además Oiticica era un gran bailarín y le gustaba incluir movimiento en sus piezas, en la misión de capturar el espíritu de su entorno. Para 1968, Brasil se sumergió en una profunda crisis y el gobierno de facto suspendió el habeas corpus. La dictadura se instaló para marcar uno de los momentos más oscuros de la historia de esta nación, con arrestos masivos, torturas y gente desaparecida. Los artistas estaban en la mira, lo que provocó un gran éxodo de la comunidad. Escapando de este régimen, Oiticica viajó a Londres, en donde, fascinado por la libertad que se respiraba en las calles, busco un espacio para exhibir sus trabajos. Su objetivo era realizar una instalación que él describía como una “manifestación ambiental”.

 
Helio Oiticica,  "Tropicalia"
 

            En 1969 el artista presentó “The Whitechapel Experiment”, una exhibición completamente disruptiva en donde los visitantes se veían obligados a sumergirse en una experiencia sensorial, que hasta el día de hoy se puede visitar en diversos museos. El piso, cubierto por una importante capa de arena, obligaba a todo el que se introduciera a quitarse los zapatos, caminar como en una playa para recorrer una instalación de plantas, heno y un laberinto de telas y maderas precarias. En estos espacios la gente se podía tirar a descansar o a escuchar a las aves que volaban a su alrededor. La convocatoria de aquella exhibición fue atronadora, grandes cantidades de personas se acercaban de manera diaria a sumergirse y relajarse en la experiencia, traían libros para leer, tenían reuniones y charlas, algunas madres llevaban a sus niños para que jugaran en la arena. “Tropicalia no es nada más que un mapa, un mapa de Río. Es un mapa en el que uno puede meterse adentro”, declaraba el artista en Londres. Esta exhibición, clave para entender el escenario cultural de aquel momento, no solo representa uno de los mejores trabajos del artista, sino que, además, fue su manera de responder a la situación política de su país. Tropicalia es el estandarte de que, no importa a dónde viajemos, no importa lo alejados de casa que estemos, cuántos continentes nos separen de nuestra patria, la misma es una expresión de la que no nos podemos separar. Tropicalia no es solamente un sentimiento de nacionalidad, es una realidad. Es sumergirse en un mundo que ya no está arraigado a una tierra, sino que viaja a todo lugar al que Oiticica, y ahora Tropicalia, va, porque es sentir Brasil bajo nuestros pies cubiertos de arena. 

            Ver los festejos por la Copa Mundial de Fútbol del 18 de diciembre del 2022, a lo largo y ancho del planeta, es emocionante. El mundo parece repleto de argentinos con su camiseta, agitando banderas, cantando el himno y abrazándose a desconocidos con lágrimas en los ojos, es un espectáculo movilizante en sí mismo. En televisión se pueden ver cientos de notas de expatriados que se reúnen a cantar las canciones de cancha en los micrófonos de los periodistas, quienes los miran totalmente atónitos por las expresiones de júbilo, adrenalina y absoluta felicidad. Este estruendo de festejos, esta pasión que nos revienta el alma, es nuestra Tropicalia. Es esa manera de llevar a nuestra patria en el corazón, estemos donde estemos. Es lo que nos hace argentinos (ni mejores o peores, simplemente argentinos) alrededor del mundo. Es el motivo por el que somos reconocidos. Y aun ante los (pocos) argentinos que no son fanáticos del fútbol, encontramos la pasión, euforia y entrega en muchos otros eventos populares. En los partidos de Juan Martin Del Potro, uno de los tenistas argentinos más destacados, acompañado incondicionalmente alrededor del mundo por sus compatriotas. O a fines de la década de los 80 y principios de los 90, cuando artistas como Charly García o Soda Stereo giraban por el mundo, enloqueciendo a sus fans que cantaban “En la ciudad de la furia” vaciando el aire de sus pulmones y transformando sus shows en experiencias épicas. O como en cualquier discoteca en donde el argentino Hernán Cattaneo, uno de los mejores DJ del mundo, realice su show, nunca va a faltar un grupo de argentinos para acompañarlo en cada track con una bandera. 

            Una bandera que trasciende toda política o gobierno, que nos transforma en nuestros propios héroes, como lo hizo Emiliano “Dibu” Martínez, el mejor arquero de este mundial y posiblemente de la historia de argentina, que se alimenta de coraje de la mano de esta selección, al cada comentario de un rival minimizando a la Argentina le alimenta sus ganas de ganar. Sus ganas de demostrar que Argentina no es menor o peor equipo por ser Sudaca, título que llevamos con orgullo. El Dibu utiliza cada herramienta mental y física para potenciar su talento y dejarlo todo en la cancha, esa expresión que nace del fútbol y los argentinos la extrapolamos hacia toda la vida. Tal vez, desde afuera nos vean desmedidos, pero conozco pocos turistas que se resisten a la experiencia de ir a La Bombonera cuando visitan Buenos Aires, para saltar con los tambores de La 12. Es que, aunque para los ojos de algunos el fútbol es una experiencia mundana, para nosotros el deporte, la música, la cultura, el arte es eso que nos une a nuestra tierra. Es, para los que vivimos en la Argentina, ese momento de paz en la grieta, de unión. 

            Y para los que están afuera se transforma en esa experiencia Tropicalia, en donde nuestra identidad puede explotar libremente por los aires en demostraciones de amor y orgullo inconmensurables. Lo que somos, lo que nos define, está en constante juego en las expresiones populares, y esta Copa del Mundo es una reafirmación de que unidos todavía podemos ganar hasta la batalla más dura. La selección nacional logró, al menos por unos instantes, acallar la dura pulseada de apropiación simbólica de la patria, la identidad y la nación que se libra en nuestra tierra desde la conformación de la República hasta el día de hoy. Una fricción que es puesta en carne viva por el arte desde que tenemos uso de razón, con artistas como Cristina Piffer con Patria, una instalación que consiste en un bloque de grasa y parafina con la palabra calada en el medio inferior, rozando el acero inoxidable. Un constante recordatorio de la fragilidad de todo lo que aquella palabra significa, a pesar de las décadas que le dedicamos a construirla. O Agrupación Baigorrita A (Cacique Zavala, 1915 - Modesto Colini, 1891 - Anastacio Fraga - Zenón Zavala) del Luis Benedit, una obra que se resignifica especialmente en los últimos 20 años con la pulseada del campo por defender sus cosechas y la constante tensión entre las exportaciones, las condiciones de trabajo y los enloquecidos impuestos a los que son presionados. 

            Luego de la actuación histórica en el partido Argentina-Holanda, Dibu Martínez le dedica el sufrido triunfo al pueblo argentino “Jugamos por 45 millones. El país no pasa un buen momento en lo económico y darles una alegría es lo más satisfactorio que tengo en este momento”, declara desde el campo de juego entre sudor y lágrimas. Con el corazón en la mano, en ese instante todos viajamos por un segundo a Qatar.

 
Luis Benedit Agrupación Baigorrita A (Cacique Zavala, 1915 - Modesto Colini, 1891 - Anastacio Fraga - Zenón Zavala)”, 2008
 

El fútbol, la música, los amigos, el asado, el arte, nuestras costumbres y códigos, atraviesan continentes y se desparraman en forma de pasión que nos hace presentes, llevan nuestra identidad argentina a lo largo del mundo, al punto de contagiarla, como una pandemia que exudamos por los poros. Este es el arte que ejercitamos como herramienta de identidad, nuestra pasión es la manta de apego. El arte es una pieza fundamental de la cultura, la que pregunta y rebate, afirma y eleva, que no hay manera de que nadie ni nada nos quite lo que somos realmente, que la política y la economía son circunstancias, y tanto para los que se quedan a remarla como para los que se van, esa Argentina, la nuestra, no solamente es incorruptible, sino intocable. Es un sentimiento tan adentro nuestro que nos hace locales, adonde sea que estemos. 

 
 
¡Argentina campeón! 
19 de Diciembre 2022